miércoles, 2 de marzo de 2016

horas pegajosas

Observo el reloj, fijo, espero los minutos pasar, mientras espero que cambie el dia y el humor, siendo las 18:23.

El ron ya no me hace efecto y los cigarrillos son inútiles frente a la idea precisa. La que aterra. La asesina. Basta ya. Ella vive su esplendor. Y yo nada más, me limito, me siento satisfecho, al parecer, respiro. Porque supongo que el aire es gratis y no tengo que responderle ni a obra social, ni al mendigo que siempre espera en la farmacia de la esquina.

Mensajes siguen llegando y mi casilla está llena. Gente que espera algo de mí, gente insatisfecha. En Manhattan buscan cocinero. Algún chef italiano se enerva frente a las críticas. Greepeace le hace frente a los buques del norte. La gallina dice eureka. Y yo con huevos a medio cocer.

Los jazzistas rusos dejan qué desear y la temprana muerte de Amy Winehouse me entristece, pero más me entristece que todavía sea de día y yo tenga cosas que asimilar. Asimismo, gente insatisfecha. 18:30.

Esperen, me quiero bajar acá. ¿Cómo que no puedo? Salto inconsciente y me bajo igual. Y hay gente intranquila visitando playas en Ibiza o inconscientes intentando avistar ballenas en el sur. Y yo acá esperando a los minutos. Decime cuán arrogante estoy siendo, porque realmente no me doy cuenta.

Tutto a posto, diciamo. Mis compañeros audaces, Amy Winehouse, Frank Sinatra, Parov Stelar, Israel “Cachao”, Soleá Morente, Elvis Presley. Nadie sabe por lo que estoy pasando, sin embargo los escucho por lo que ellos pasaron. Por más banal que les resulte.

La temperatura de un febrero insoportable me recuerda las glándulas. Yo les doy espacio a expresarse, yo les doy espacio a todos. ¿Incluso alguien se puso a pensar semejante barbaridad? 18:38.

El ventilador me grita un vago “déjate de joder”. Y yo respondo con otro Lucky Strike esperando algún cambio. Aunque me doy cuenta que soy solo yo, solo yo y un par de muebles que me quieren fuera de aquí.

James Brown por fin me tira la posta: así es la vida. El vaso medio vacío. La pc a punto de explotar y la heladera pide más hielo. El cielo tranquilo y ella vive su esplendor. 18:50.

El pasaporte me pregunta “¿qué hago acá?” y sinceramente yo también. En el piso las termitas disfrutan de la fiesta y en el techo los mosquitos se hacen agua la boca. Los murciélagos están desayunando y las palomas cenando. La luciérnaga, tonta, lejos. Ella también. 18:56.

Vamos, que se hace tarde. Reclama la siesta. ¿Escuchás? La tarde tira sus últimos alaridos, Miles Davis, sus primeros acordes. Anochece. Y yo sigo impuntual, sinigual, sinvergüenza. Pero con vergüenza, y sin igual. Me alegro. Imagínate, otro como yo. Adonde estás hermano, que no te busco… claro, mirá si lo encuentro. 19:04.


Entonces me doy cuenta y me levanto de la silla, no hay más Cohibas para seguir en la fiesta del Havana Club. El Clásico, por peatonal Córdoba, está por cerrar, y básicamente yo también. 19:11.

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